En esta entrada vengo a hablar de una saga de libros que me leí este verano, que se ha convertido en una de mis sagas preferidas y que he tenido muy en mente últimamente a causa de lo que ha ocurrido en Valencia.
Blackwater, de Michael McDowell, es una de esas obras cuyo autor nunca llegó a ver su éxito, tal y como las pinturas de Van Gogh, o Rent, el musical de Jonathan Larson.

Pues hablemos de Blackwater. Todo comienza en un pueblo llamado Perdido, con Oscar Caskey remando en un bote en busca de supervivientes tras la riada causada por el desbordamiento del río. Encuentra a Elinor, una mujer que sigue viva tras haber pasado cuatro días encerrada en una habitación en la que el agua ha llegado hasta el techo.
A partir de ahí seguimos a la familia Caskey. Sus vidas cambian desde la llegada de Elinor, quien asegura que mientras ella viva, Perdido no se inundará. Vemos como el pueblo afronta la destrucción de la riada en una historia matriarcal, de luchas por el poder y disputas familiares, con sucesos inquietantes y sobrenaturales.
Los personajes me conquistaron con su naturalidad y su desparpajo, y la dinámica familiar dominada por mujeres (que nunca se callan lo que piensan) me hizo enamorarme completamente de los Caskey.

Blackwater nos muestra cómo el agua puede ser tanto una bendición como una maldición, creando vida y al mismo tiempo amenazando con destruirlo todo. En la saga, el río es un personaje más que, al igual que la DANA, es capaz de cambiarlo todo, sacando a la luz las partes más vulnerables de una comunidad.
Todo el mundo sabía que el río Perdido nunca devolvía a sus muertos. Nada vuelve nunca a ser como siempre.