A finales de agosto, justo antes de mudarme a Madrid para empezar la carrera de arquitectura, estuve con mi familia en Fuerteventura. Fueron unos días curiosos, porque había un sentimiento extraño en el ambiente. Sentía como si estuviera viviendo algo por última vez. Veía los paisajes, el mar y los momentos con mi familia con una nostalgia anticipada, asustada por los cambios que estaban por venir.


Todo parecía de mentira, el billete solo de ida a Madrid que tenía para dentro de una semana era algo que intentaba ignorar a toda costa. Me invadieron todas las rayadas mentales posibles: ¿Arquitectura? ¿De dónde me he sacado esa idea? Ni siquiera se me dan tan bien las mates. ¿Y si odio la vida en Madrid? ¿Y si no consigo hacer amigos?
Con los pies enterrados en la arena de la playa de Jandía, pensaba en estar a 1700 kilómetros de mi familia y me sonaba a broma. Pensaba en no cenar con mis padres y mi hermana, charlando sobre nuestros días, alargando las conversaciones horas y horas… y no me lo creía. Daba miedo.


Ahora, que no han pasado ni dos meses y medio desde ese viaje a Fuerteventura, siento que han pasado años. Madrid me ha recibido con los brazos abiertos y me ha rodeado de personas increíbles. Arquitectura es todo lo bueno que imaginé y más, siento que no podría haber escogido una carrera mejor.
Estoy haciendo justo lo que quiero. Y estoy muy, muy feliz (aunque GDA me haga la vida muy, muy imposible).