Sábado 30 de noviembre. Estela, Pablo, Marina y yo íbamos a coger una guagua a Tarancón, Cuenca. En la cola para subir nos fijamos en que la gente tenía unos tickets, pero Indira nos había dicho que con el abono del metro podíamos entrar.
Le dimos los abonos a la conductora y nos miró como si fuéramos idiotas. Efectivamente había que sacar el ticket arriba en taquilla. Eran las 14:28.
Nos recorrimos la estación corriendo como locos, y tras varios paros cardíacos terminamos subiendo a la guagua. Indi cobra por sus confusas instrucciones.


Una vez en Tarancón, nos recogieron en coche cual burgueses y almorzamos en casa de Indira. Confirmamos que Álvaro es IGUAL que el padre de Indira, da miedo.


Entonces nos montamos en el indi-coche y salimos hacia Albacete, con confianza escasa en una tía que se sacó el carnet hace 2 semanas. A veces hay que arriesgarse.
Me senté de copiloto y me conviertí en víctima de gritos por mis indicaciones… A veces me confundo con la derecha y la izquierda, ¿vale? No soy perfecta.
A mitad de camino CIERTAS…. (Indira y Marina) se dieron cuenta de que no se habían desactivado la ubicación, que tenemos compartida con Claudia. Rezamos porque no le hubiese dado por mirar por dónde andábamos.
Tras una hora y cuarenta de trayecto, llegamos a Albacete y (lo más difícil del viaje) ¡APARCAMOS!
Entramos en el centro comercial de Albacete, que se llama, atención: “Albacenter”. Maravilla. Nos cambiamos a nuestros outfits guays de fiesta y nos arreglamos en el baño. Marina cobra porque la tía parece que más que maquillándose está fabricando el maquillaje de cero.
Clau había sido sacada de su casa por una amiga de Albacete, le veíamos la ubicación y estaba a 0’5 km de nosotros. Y ella no sabía nada. Llegamos al local y dejamos nuestro regalo envuelto en una cortina con los demás… Tenemos que parar de ser tan quinquis.


Y llegó el momentazo que todos estábamos esperando. Nos pusimos nerviositos de repente. Clau entró por la puerta y flipó al ver a todos sus diferentes grupos de amigos y a su familia. Se emocionó enseguida, e Indira y yo nos echamos a llorar como tontitas.
La fiesta arrancó y nos lo pasamos increíble. Claudia seguía sin creerse que estuviéramos en la gran ciudad. Proyectaron un vídeo donde todos los seres queridos de Clau le dicen cosas bonitas y nosotros salimos haciendo el paleto, como de costumbre.

A la mañana siguiente me desperté (bastante apretujada) entre Estela y Pablo, y nos tomamos todos unas buenas tazas de café (sin leche, por algún motivo). Salimos a pasear por Albacete romantizando nuestra vida e ignorando totalmente la hora de salida de nuestro tren a Madrid.


Acabamos corriendo asfixiados por las calles albaceteñas para llegar a la estación (experiencia terrible, no la recomendaría).