¿Podemos hablar de las pedazo de vacaciones de Navidad que me he pegado? Es que sigo sin creerme que sea verdad. Más de un mes de descanso y desconexión total. Es que ni en mis mejores fantasías. Al final hasta me aburría, me apetecía volver a la rutina y todo (esto lo digo solo por aquí, porque si lo dijera delante de mis amigos de otras carreras igual me llevaba un azote).
Estando en casa me he dado cuenta de lo mucho que lo echaba de menos.
Las videollamadas NO molan. Qué ganas tenía ya de estar con mis padres y mi hermana pero de verdad. De hablar sin que se entrecortaran sus voces y recibir achuchones de mi padre. De partirme de risa con mi madre.
Por ejemplo, miren este acrónimo que hizo mi hermana de pequeña, lo encontramos por ahí y nos dio para unos 20 minutos de llorar de la risa.

Dormir en mi habitación, con mi hermana en la cama de en frente. Pelearnos por dejar la luz apagada o encendida, por abrir o cerrar la ventana, por poner o quitar el aire acondicionado… No hace ni el huevo en todo el curso pero de repente tiene que hacer un trabajo imortantísimo a la una de la madrugada, recortando muchos papeles y haciendo mucho ruido. Así de plasta es mi hermana.
En el fondo nos queremos. Aunque me toque las narices más que Phineas y Ferb a Candace.

Comer en casa de mi abuela. Madre mía, la comida de mi abuela. Los purés de mi abuela, ¡¡¡BUF!!! Mi comida favoritísima. Me transportan a estar comiendo del plato que me ponía de pequeña, que tenía al fondo un dibujo de la dama y el vagabundo y solo se veía cuando me terminaba el puré.



Pasar los domingos enteros en la azotea de mi casa, comiendo barbacoa los cuatro y viendo pelis toda la tarde (o más bien pasándonos cuatro horas para decidir qué ver y terminar viendo una de las que ya hemos visto mil veces).
Nochevieja y el reencuentro con la gente de toda la vida, contarnos sobre nuestras nuevas vidas, cenar con mis amigas poniéndonos al día de todo…



Mis primitos!!!!! Mira que son plastas, pero cómo los echaba de menos. Jugar con Marcos y Dani al Mario Kart y picarme con mi hermana, aunque se supone que las mayores somos nosotras. Machacarlos a todos jugando al tenis de la Nintendo. Lolita poniéndose loquísima porque tiene 4 años y es una payasa que flipas.




Me repito, pero COMER. Es que madre mía, qué bien se come en casa. Qué cosa, eh. Es verdad que como en casa en ningún sitio. Igual es lo que más echo de menos (y a mi familia, claaaro).



El buen tiempo. Ya había asumido mi destino como persona obligada a llevar 20 capas de ropa para no congelarse, pero en casa es otro rollo. Qué temperaturas, ¡y en enero! La playita, jugar a las cartas en la arena, pillar unas pizzas y zampárnoslas en las toallas…



Pasear con mi abuela por las calles de siempre y que se encuentre con amigas todo el rato (habitualmente llamadas Maricarmen, todas ellas).
Estar con mi familia, los cuatro juntos. Fotos familiares con Baltasar en un centro comercial (por la cara).

Pasarme hasta las tantas en la habitación de mis padres, hablando y hablando y hablando hasta que tienen que echarme a patadas. Podría ser mi momento favorito del día.
Total. No sé qué decir. Es agridulce pensar en lo mucho que me gusta estar en casa y lo lejos que me queda ahora. Es difícil. Se les echa muchísimo de menos. No sabía que fuera posible echar de menos con tantas fuerzas, a pesar de estar muy muy muy feliz en Madrid. Es que al final como en casa en ningún sitio.
Supongo que me sirve para darme cuenta de la suerte que tengo, y para que nunca se me quiten las ganas de volver a Las Palmas, volver a la isla, volver a mi casa.