Hola de nuevo. Seguimos con el viaje a Viena, arranca nuestro tercer día. Por la mañana nos metimos en la estación de metro y… bueno, digamos que colarse en el metro sin ticket era una posibilidad muy posible.
El caso es que llegamos al Palacio de Schönbrunn, fuera como fuese. Era precioso, y nos recorrimos sus jardines. Nos parecieron una pasada, y eso que al ser invierno no había casi hojas. Me imagino cómo será eso en primavera. Vimos una ardilla monísima que corría como el demonio, y subimos una montaña importante para admirar las vistas del palacio desde arriba (casi pierdo los dedos de los pies del frío que hacía allí arriba, y las enfermas pudieron haber muerto ahogadas, pero todo sea por la foto).





Después volvimos a coger el metro y paramos en la estación de Karsplatz… ¡¡¡QUÉ FUERTE!!! Después de escuchar a Ramón Serrano dar la lata con la estación de Karplatz y Otto Wagner durante meses, verla ahí en vivo y en directo fue emocionante. Y ya luego ver la Sede de Secesión vienesa nos dejó a cuadros. Eran TAAAAN bonitas (un poco más pequeñas de lo que imaginábamos, eso sí). ¡Y nadie las miraba! Parece que en Introducción a la Arquitectura damos edificios un poco random, y cero turísticos.


Luego tomamos un chocolate caliente para no morir de hipotermia en una cafetería en frente de la Ópera (nos salió el chocolate por un ojo de la cara, pero teniendo en cuenta lo ratas que estábamos siendo decidimos darnos el capricho).


Luego vimos por fin la catedral de San Esteban. Cuando nos empezamos a acercar y la vimos asomándose entre los edificios, nos volvimos locos. Por fuera era una pasada, nos pasamos como quince minutos analizándola y comentando lo increíble que era. Cuando entramos, directamente nos quedamos sin palabras. Las bóvedas. Madre mía con las bóvedas. Nos quedamos ahí plantados imaginando lo que debe ser diseñar esa paranoia en el techo, si hacer una simple bóveda de cañón en Rhino nos parecía imposible hasta hace poco.
Wow. Cómo me gusta mi carrera.


Dimos un paseito por callejuelas vienesas, y compramos un par de souvenirs para nuestras familias (sí mamá, te juro que tengo cosillas para ustedes aunque tengan cero fe en mí). Destaco nuestra visita a la tienda más extraña que he visto nunca. Vean el vídeo:
Y entonces llegamos a nuestra pesadilla del primer cuatri: la caja de ahorros postal de Viena, de Otto Wagner. Permítanme decir… qué horror de edificio. Y el de Intro lo ponía en todos los exámenes, a saber por qué. Fue tan decepcionante que no saqué ni fotos.
Después de esto, no podíamos hacer otra cosa que compensarnos con una buena cena. Comimos por primera y única vez en el viaje comida típica vienesa. Encontrar un restaurante en el que entrar sin reserva (somos malos planificando) y que tuviera opciones celíacas fue difícil, y terminamos entrando en nuestra octava opción. Estaba medio vacío, causándonos un poco de desconfianza. Y qué error, porque comimos INCREÍBLE. Nos declaramos fans del schnitzel vienés.

Teníamos ya ganas de una BUENA comida, porque la mayoría de nuestras comidas no habían sido nada remarcables desde que llegamos a Viena. Hemos subsistido a base de McDonalds, kebabs y arroz algo pasado (Pabs nuestro cocinero favorito). Eso sí, troncos de Nutella y postrecitos callejeros por el estilo no han faltado.




Volvimos al apartamento a jugar a «Hitler» otra vez, cada noche más desatados, intensos y metiéndonos más en los papeles. Por poco no nos pegamos.
A la mañana siguiente, bien descansados, cogimos el tranvía, al que (adivinen qué…) también era factible colarse sin pagar. Hubo un poco de tensión en el ambiente, porque lo de la multa de 400 pavos nos cagaba mucho, pero todo salió bien. Y llegamos, por fin, al Belvedere. Aquí nos dimos cuenta de que era nuestro último día del viaje y nos entró mucha penita.
El Belvedere nos flipó. Nos tiramos toda la mañana recorriéndolo y analizando cada cuadro, cada escultura. Al no ser un museo descomunal pudimos visitarlo entero y con calma, sin ese estrés de decidir qué partes te interesan más. Las primeras dos plantas eran de arte más clásico, muchas de Klimt. Vimos el famosísimo Beso de Klimt (sobrevalorado, en nuestra opinión), y muchos otros cuadros chulísimos. La planta de arriba nos sorprendió con arte más moderno, abstracto y, para qué mentirnos, raro. Nos encantó el museo (excepto a Pabs, que se aburrió a los 5 minutos).






Luego, Pabs, Indi, Michi y yo fuimos a patinar sobre hielo en la pista que había montada en frente del ayuntamiento de Viena. Y vaya experiencia. Clau, Marina y Lita no eran muy fans del plan de patinar, así que se fueron de paseo.

Y, por última vez en nuestro viajecito, se hizo de noche. Nos reencontramos en el apartamento y cenamos. Nos servimos algún que otro cubata porque somos unos enralados y pensábamos salir de fiesta por Viena (spoiler: estábamos demasiado cansados y no salió adelante el plan, cada vez nos hacemos más mayores, eh). La sobremesa se prolongó y charlamos sobre mil cosas, algo nostálgicos por el fin del viaje. Y habiendo reflexionado, reído, gritado y llorado un poquito, nos fuimos a dormir.
Y así termina el viaje. Adiós Viena, nos has encantado.