¿Apagón? ¿Muerte? ¿Destrucción?

Jamás habría imaginado al sonar la alarma a las 7 lo que me esperaba ese 28 de abril. Tenía entrega de proyectos (sí, otra vez), y como Maruri y Casqueiro están en plan “te suspenderemos eternamente”, madrugué para mejorar mi trabajo.

A las 10:40 salí de la resi, y a las 11:30 me reuní con Clau e Indi en el piso de la calle Clavelinas que íbamos a visitar. Conocimos a Carlos, nuestro agente inmobiliario fav, y nos enseñó un dúplex que NOS ENCANTÓ. Habitaciones y terraza arriba, era de IA total: ya nos imaginábamos hablando desde plantas distintas, tomando el sol en la terraza y teniendo invitados en el enorme salón (falta una cama y la tele, pero son detallitos).

Total, que salimos del piso muy motivadas. Pabs nos recogió a la salida, y tiramos los 4 hacia el metro: en 20 minutos Carlos nos enseñaría otro piso por Atocha. Estábamos lejos. MUY lejos.

Al llegar a Atocha (era BIEN tarde) Clau se dio cuenta de que no llegaba a su cita en el dentista. Así que se fue, y Pabs, Indi y yo echamos a andar hacia el piso. Al llegar (con 40 minutacos de retraso, perdón Carlos) resultó que se había ido la luz en el edificio. Charlie se disculpó por tener que enseñarnos el piso a oscuras. Surrealista.

El piso era una basura, la verdad, demasiado pequeño, una de las habitaciones parecía una despensa, ni una pizca de luz natural… Nos despedimos de Carlos sabiendo que quedaba descartado.

Volviendo hacia el metro vimos que los locales de la calle estaban apagados. Sería cosa de la manzana, pensamos. Seguimos andando y… más de lo mismo. Igual era en todo el barrio. Escribí al grupo de whatsapp de mi familia, pero en seguida me di cuenta de que no se enviaban mis mensajes: ESTABA SIN COBERTURA.

Llegamos a Estación del Arte, Pabs miraba las noticias con la única rayita de cobertura que tenía. De repente a Indi le saltó una llamada. Era Clau. Que se acababa de parar el metro, que la habían hecho bajarse en Tirso de Molina.

El dentista pasó a un segundo plano.

Actuamos rápido, aprovechamos los segundos que duró la llamada antes de cortarse para quedar en encontrarnos a medio camino, en Antón Martín.

De maldito milagro vimos a Clau, y a nuestro alrededor la ciudad empezaba a disparatarse. No terminábamos de pillar qué pasaba, ¿apagón en Madrid?, ¿en toda España? Bromeamos con que esto fuese una promo del nuevo capítulo de The Last of Us, una serie apocalíptica que nos tiene obsesos. Ja ja. Poco nos duró la broma.

Sin saber muy bien qué hacer, echamos a andar hacia casa de Pabs. Comercios apagados, empleados en la puerta vigilando sin poder cerrar las verjas eléctricas, semáforos apagados, caos en la carretera. Guau.

Mientras caminábamos por el apocalipsis madrileño, llamé a mi madre desde el móvil de Pabs (el mío era básicamente un ladrillo). Le solté algo de un apagón y que íbamos a casa de Pabs… y PAM, se cortó.

En medio del caos, vimos una guagua en Gran Vía (sí, estábamos en todo el centro, JUSTO el día del colapso mundial) y subimos. Al principio, todo bien. Tres paradas después, la guagua era una lata de sardinas con señoras soltando teorías chungas: que si los rusos, que si bombas, que si el fin del mundo… Sinceramente, nos asustamos mucho.

Tras una hora avanzando a paso tortuga, nos bajamos. Pasamos por un chino (arrasado), pillamos un sándwich medio triste y snacks, y pagamos en efectivo como chicos vintage. Y seguimos la odisea. En un momento mágico de señal, Pabs leyó que el apagón iba desde Madrid hasta Finlandia (!!!)

Al llegar a casa de Pabs, parecía que habíamos cruzado el desierto. En el portal nos interceptaron Javi padre, Javi hermano (parece mentira las circunstancias en las que lo conocimos por primera vez) y un vecino random con ganas de charla apocalíptica. Nosotros solo queríamos agua.

Arriba nos esperaban Aurora e Ismael, los abuelos, con helados medio derretidos y una mini radio salvadora. Resulta que el mundo no se había acabado, solo la Península Ibérica estaba parada, y nadie sabía por qué.

Después llegó Erika, la madre de Pabs, contando su loca vuelta a casa. Nos montamos una merienda improvisada con Erika y Javi, y calmamos los nervios un poco.

Como no podíamos hacer mucho, fuimos a ver a Lucía, amiga de Pabs que lo tenía preocupado. El telefonillo, claro, no iba. Tocó chillar “¡¡¡¡LUCÍA!!!!” desde la calle hasta que nos abrieron. Arriba conocimos a sus padres (el padre era una máquina de monólogos), al perro Rubio y a una vecina que por la cara era la abuela de un tiktoker famoso. Nos contaron, unas DIEZ VECES, cómo el padre de Lucía se quedó atrapado en el ascensor y fue rescatado épicamente con una llave maestra. Un espectáculo.

De vuelta en casa de Pabs, sofá, radio y cero conexión. Literalmente intentamos conectarnos a un satélite para enviar nuestras ubicaciones a nuestras familias, pero el iPhone no llegó a tanto.

Indi propuso ir a ver a sus tíos, que por la cara viven ahí al lado. La tía Pimi pensó que éramos testigos de Jehová y que veníamos a saquear la despensa. Por una vez no teníamos hambre, solo aburrimiento extremo. Noa, la prima de Indi, nos enseñó sus figuras de plastilina (wow, niña iPad descubre los juegos manuales!!!). El tío Nano, por su parte, soltó que esa noche los malos aprovecharían la oscuridad y la falta de cámaras… Vamos, se venía LA MISMÍSIMA PURGA.

Y ya cuando pensábamos que nada nos sorprendería, pasamos por el Mercadona y… ¡luz! ¡escaleras mecánicas funcionando! ¡gente gritando que HAY COBERTURA! Entramos de cabeza, y qué impresión. TODO arrasado.

El milagro llegó a mi teléfono: COBERTURA!!! Hablé al fin con mis padres, que no sabían bien ni qué estaba pasando (a Canarias no llegó el apocalipsis), ni dónde estaba yo, ni si estaba bien… Estaban preocupadillos. Al fin pude transmitirles que estaba bien cuidada.

Volvimos a casa de Pabs porque iban a ser las 21h y no queríamos estar en la calle cuando oscureciera. Al llegar nos asomamos a la terraza y nos comunicamos con la gente con linternas, cosa que nos hizo toda la gracia del mundo.

Erika y Javi nos prepararon una fantástica cena que nos supo a GLORIA. Pan, aceitunas, ensalada, mejillones, dados de jamón. Comimos en la terraza porque hacía un clima ideal, bajo las estrellas que veíamos por la ausencia de contaminación lumínica. Fue una romántica cena a la luz de las velas.

Eran alrededor de las 22h y a nuestros móviles les iban dando espasmos de información: de repente te saltaban 100 mensajes pero luego no se te enviaba ni uno. A las 23:30, o por ahí, pasó. ¡¡¡VOLVIÓ LA LUZ!!! (Obviamente ya no íbamos a cancelar la pijamada).

Estábamos cansadísimos después de un largo día de caminar muuuucho, socializar con todo el mundo, comer de más, no ver ni un solo TikTok… Queríamos dormir. Las tres nos pusimos pijamas de Pabs y nos repartimos por la casa (yo me quedé compartiendo sofá con él). Dormimos plácidamente.

disfrazadas de pabs

A la mañana siguiente POR FIN había vuelto la cobertura, ahora sí que sí. Mis mensajes se enviaban!!! Tuvimos un desayuno bien contundente con Erika, y charlamos muchísimo con ella (Pabs se había ido a su clase de conducir, y nosotras al parecer nos habíamos adueñado de su casa y su familia).

Al final, cuando ya sentíamos agresivo lo de estar en su casa si él, nos despedimos. Teníamos OTRA visita con… adivinen… con nuestro CHARLIE!!! Vimos el piso (que estaba bien, excepto por una habitación diminuta y un salón enano y triste) yyy AL FIN nos fuimos a nuestras casas. EN METRO!!!!

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Y así terminó esta extraña e inesperada experiencia. Mchísimas gracias a la familia de Pabs por acogernos y cuidarnos cuando estábamos cagadas de miedo.

No quiero darle muchas vueltas, pero madre mía, somos TAN dependientes de la electricidad… Que mal rollo, ver cómo en un momento puede fastidiarse todo.

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