Axonométrica de Lavapiés

Este viernes fue la entrega de la axonométrica de Lavapiés, esa en la que llevamos trabajando desde hace semanas. Mi progreso no ha sido lo que se diría lineal, más bien se ha dado por rachas esporádicas de motivación (y como pa no, si es que vaya trabajo más mareante).

El caso es que, como últimamente el universo (y cierto profesor de proyectos) me odia, tuve que dejarme la maldita axonométrica debajo del asiento delantero del avión. Una vuelve a casa por el día de la madre con las mejores intenciones y la vida le da la espalda. Total, que el jueves por la noche me esperaba la peor noche de mi vida, haciéndola de cero.

A partir de este punto empecé a delirar. Era tarde, y de repente tardaba el doble en hacer una manzana, me confundía con mis propias líneas, levantaba edificios que obviamente iban a quedar tapados… No me iba del todo bien el cerebro.

Además me estallaba la cabeza (pensaba que por falta de sueño, pero me llevaría una sorpresa). Encima había empezado a soltar sangre por la nariz y por la boca al sonarme y toser. Todo un espectáculo de noche de enfermedad.

en videocall con Pabs, 02:00

Isabel nos hacía llamadas a cada hora punta, porque tanto ella, como Pabs, Michi y yo estuvimos hasta muuuuuy tarde trabajando. Aguanté, no sé ni cómo, y a las 6:00 Pabs y yo decidimos irnos a dormir. Me costó dormirme, encima. A las 7:30 me volví a despertar y seguí dándole caña. Completé 2 manzanas a buen ritmo y luego volví a perder la capacidad de pensar.

Mis resultados finales fueron estos, nada mal para haberlo hecho todo en una noche…

Ese día en clase fui solo un 10% persona y un 90% muerto viviente. Y al llegar a mi resi esa noche, con la cabeza a punto de estallar habiendo dormido hora y media, confirmé lo que ya me suponía. Pensaba que la peor noche de mi vida sería la de la axonométrica. Me equivocaba. La fiesta de la fiebre acababa de comenzar.

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